Dos historias opuestas reabren el debate sobre la calidad de la atención y la urgencia de fortalecer el sistema de salud
Zamora Chinchipe atraviesa jornadas de profunda conmoción luego de la denuncia pública de Angélica Calva, una madre que relató la dolorosa pérdida de su bebé en el Hospital Básico de Yantzaza. Su testimonio, hecho público hace tres días, generó indignación ciudadana y abrió un debate urgente sobre el trato y la responsabilidad en la atención sanitaria.
En su publicación, Calva describió horas de contracciones sin asistencia oportuna, personal ausente y enfermeras aparentemente distraídas en sus teléfonos celulares. Según su relato, fue enviada al baño y allí, sin acompañamiento médico, ocurrió el parto en el que su bebé nació sin vida.
“Me dejaron sola… mi hija pedía ayuda y estaban riéndose en el teléfono”, escribió con impotencia, exigiendo humanidad, empatía y responsabilidad.
El caso provocó una oleada de reacciones en redes sociales, así como pedidos de investigación y medidas correctivas. Para muchos ciudadanos, la denuncia expone una falla estructural que trasciende un turno o un equipo específico.
A apenas pocos días de lo sucedido, en el mismo establecimiento se registró un evento completamente distinto: un parto gemelar atendido con éxito por un equipo médico que actuó con precisión, coordinación y calidad técnica. Este procedimiento devolvió un respiro de esperanza, pero también dejó en evidencia un contraste inquietante sobre la atención hospitalaria en el cantón.
La coexistencia de dos escenarios tan opuestos —la pérdida de un bebé en condiciones denunciadas como negligentes y, por otro lado, un parto múltiple manejado con excelencia— ha llevado a la ciudadanía a reflexionar sobre una realidad que no debería depender del turno, la actitud o la disponibilidad del personal.
El caso abre un debate necesario sobre la equidad y consistencia en la calidad de la atención en salud, especialmente en centros básicos donde los recursos y el personal son determinantes. La historia de Angélica Calva revela fallas que, de confirmarse, no solo comprometen la ética profesional, sino que evidencian la fragilidad de un sistema que debe responder con empatía, inmediatez y rigor técnico.
La exitosa atención del parto gemelar demuestra que existe capacidad profesional, pero también subraya un problema mayor: la calidad del servicio no puede depender de circunstancias aisladas.
Ambas historias deben impulsar una revisión integral de los protocolos, supervisión del personal y fortalecimiento de la gestión hospitalaria. Cuando la vida está en juego, la atención no puede fallar.
Que este episodio no quede en un escándalo momentáneo, sino en una oportunidad para transformar y dignificar el servicio que la ciudadanía merece.





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